martes, 6 de enero de 2015

La población mundial crece a un ritmo que se frena.

El paso de los 6.000 a los 7.000 millones se ha dado en 12 años.- Es el mismo tiempo que se tardó en pasar de los 5.000 a los 6.000 millones

La población mundial alcanzará oficialmente el próximo lunes los 7.000 millones de habitantes. Hace apenas 12 años éramos 6.000. Pese a todo, el ritmo de crecimiento se ha frenado. Los anteriores 1.000 millones se ganaron también en 12 años (de 1987 a 1999), pero como se partía de 5.000 millones el aumento de la población fue del 20%. Ahora, en los últimos 12 años, el incremento (también 1.000 millones), representa el 17%.

Quizá este relativo freno explique la tranquilidad con que el Fondo para la Población de Naciones Unidas (UNFPA por sus siglas en inglés) ha elaborado el informe correspondiente. Lejos de los mensajes más preocupantes lanzados cuando se llegó a los 6.000 o a los 5.000 millones -riesgo de falta de recursos, guerras por el agua-, el fondo ha preferido enfocar el asunto desde el punto de vista de los 7.000 millones de oportunidades que este número de habitantes representa.

La calma ha sido manifiesta en la presentación del trabajo que ha tenido lugar esta mañana en la casa de América de Madrid. El jefe de Población y Desarrollo del FNUPA, José Miguel Guzmán, expuso que "no hay problemas de espacio para esa cantidad de personas". "Cabrían en Puerto Rico", dijo. A lo mejor Guzmán exageró, pero lo que sí es cierto es que si se toma el territorio de mayor densidad de población del mundo, Macao (18.534 personas por kilómetro cuadrado), ese número de habitantes cabría en 377.684 kilómetros cuadrados. Prácticamente la superficie de Japón (377.873 kilómetros cuadrados), y menos que España (504.782 kilómetros cuadrados). Otra cosa es que ese número de habitantes exija hacer "equilibrios" entre el agua disponible, los alimentos y la energía, indicó Guzmán. "A más población, esta relación es más difícil", afirmó.

Porque la ausencia de un mensaje preocupante no quiere decir que la ONU no crea que el crecimiento debe limitarse. Así lo demostraba a las claras la presencia en la rueda de prensa de esta mañana de la representante de la Federación de Planificación Familiar Estatal, Isabel Serrano. Y es que casi la mitad de estos 7.000 millones son menores de 25 años, lo que indica una potencialidad reproductiva tremenda si no se consigue asegurar que las mujeres tengan capacidad para espaciar sus embarazos a voluntad (o evitarlos). Algo que casi 300 millones de mujeres en edad fértil no tiene a su alcance, bien por cuestiones políticas (Gobiernos que no permiten el uso de anticonceptivos), religiosas o de género (acceso a preservativos, posibilidad de negociarlo, hábitos culturales asociados a la reproducción y la sexualidad como la mutilación genital.... etcétera). Y esto no es exclusivo de los países menos desarrollados. "No es casual, como se ve en Latinoamérica, que a peor política de planificación familiar -Nicaragua, El Salvador- haya menor desarrollo", indicó Serrano.

Pero este mundo mayoritariamente joven es, a la vez, el que mayor número de personas mayores ha tenido nunca. Casi 900 millones, el 12% del total, lo es, lo que representa nuevos retos, dijo Guzmán. Hasta ahora, en los países pobres, las personas no llegaban a viejos, y los que lo hacían eran los que tenían mejores condiciones (más dinero, salud), por lo que podían ayudar a los más jóvenes. Pero eso está cambiando, por lo que habrá que plantear servicios que protejan su salud, sus derechos. Y, de nuevo, esto tiene una perspectiva de género, ya que las cuidadoras son, en todo el mundo, mayormente mujeres.

Respecto al futuro del planeta, Guzmán no quiso hacer un vaticinio. "En 2100 la población podrá ser de menos de 7.000 millones o de 12.000 millones. Basta con que la media de hijos por mujer sea 0,5 más o menos para producir esa variabilidad", afirmó. Lo que parece claro es que para entonces solo África estará aumentando de población (en Asia se espera que empiece a bajar en 2050).

Esto tiene otra implicación: que si aumentan los habitantes de los países pobres, van a tener que contaminar para crecer. Un debate que ya se ha planteado en las cumbres del clima. Y que puede ser otra fuente de conflictos.

Fuente: ElPais.com

martes, 23 de diciembre de 2014

¿Por qué hay deformaciones en los mapas?


¿Por qué hay deformaciones en los mapas? Todos los que se hicieron esta pregunta, y hayan visto algún planisferio tradicional, habrán observado que Groenlandia y África parecen ser del mismo tamaño, cuando en realidad África es bastante más grande. Este tipo de distorsión es común en la cartografía y es una consecuencia que se produce al querer representar la Tierra en el plano. Incluso los mapas que mantienen las proporciones de las superficies, presentan alteraciones de sus formas.

Al hacer un mapa se puede decidir por conservar las proporciones entre áreas (en ese caso se lo conoce como mapa equivalente o equiárea) o por conservar su forma (mapa conforme). Pero nunca se pueden conservar ambas características. Si se lograra hacer eso, se obtendría el mapa perfecto.

¿Por qué no se puede conseguir el mapa perfecto? Para responder a ello, en primer lugar se debe definir lo que es un mapa. Un mapa es una representación de un sector de la superficie de la Tierra en un plano, como por ejemplo un papel. Por otro lado se encuentra la Tierra que, a pesar de su forma irregular, se aproxima bastante bien a una esfera. Entonces todo se reduce a trasladar, sin alterar las medidas, los puntos de la esfera a un plano. ¿Cuál es la ventaja de pensarlo así? Que tanto el plano como la esfera son superficies que están bien descriptas en lenguaje matemático y se pueden usar para llegar a distintas conclusiones.

Primero vamos a convencernos de algo: es imposible el mapa perfecto. Si fuera así cualquier figura sobre la superficie de la Tierra podría mapearse con la misma forma (o sea con los mismos ángulos) y su mismo tamaño. Para comprender tal afirmación construyamos el siguiente triángulo esférico: Nos paramos en el Polo Sur, caminamos por algún meridiano hasta llegar al Ecuador, luego caminamos por el Ecuador hacia el Oeste, cualquier distancia, y volvemos al Polo caminando por el meridiano del lugar. Este triángulo esférico tiene dos ángulos rectos y un ángulo mayor a cero, por lo tanto su suma es estrictamente mayor a 180°. Su imagen en el mapa papel debería ser un triángulo que conserve dichos ángulos, por lo que sus ángulos interiores deberían sumar lo mismo, o sea una cantidad estrictamente mayor a 180°, sin embargo eso no es posible, ya que la suma de los ángulos de todo triángulo plano suma exactamente 180°. (Gráfico 1)


Entonces, si la esfera no es desarrollable en un plano ¿qué superficies sí lo son? De modo intuitivo se puede pensar en figuras como pirámides. cubos o cualquier otro cuerpo de caras planas, sin embargo éstas no son las únicas. Si se realizan una serie de formas geométricas en un papel - figuras como un triángulo, un cuadrado, etc. - y luego se curva el mismo suavemente hasta obtener un cilindro se observa que no hay deformaciones. Esto permite afirmar que tanto el cilindro como el cono son superficies desarrollables. (Gráfico 2)


Por lo tanto la transformación de una superficie en un plano no depende de si sus caras son planas o curvas. Entonces, si existen superficies curvas a las cuales se las puede aplanar ¿por qué no podemos con la esfera? Bueno, primero aclaramos algunos conceptos:

¿Qué es una curva?
Una curva se puede pensar como una trayectoria de algún cuerpo en movimiento (como una pelota, un insecto o un auto). Es un concepto unidimensional donde cada curva tiene ciertas características, como su longitud o su curvatura. Uno esperaría que la misma sea una medida de como se “dobla” algo, y efectivamente así es ¿pero cómo se puede medir? Una opción es aprovechar que si la curva es suave - o sea que no tiene ningún punto en donde se quiebre, ni donde cambie de dirección bruscamente - , entonces cada punto de ella tiene un vector tangente (una flecha que toca en un solo punto a la curva), dicho vector en general no es constante, entre otras cosas puede cambiar su dirección, por lo tanto es una buena decisión definir a la curvatura como una medida de la variación de la dirección del vector tangente a la curva en cada punto. Observemos que si nuestra curva es una recta, el vector tangente en cada punto se mantiene igual, y por lo tanto su curvatura es cero (ya que si se mantiene igual, la variación es nula). Mientras que en una circunferencia, el vector tangente varía siempre igual, por lo que su curvatura es constante y distinta de cero.
Ahora tenemos que llevar estos conceptos a una superficie como la esfera. Pero ¿qué es una superficie?

¿Qué es una superficie?
Así como a una curva la percibimos como una trayectoria, a una superficie la podemos imaginar como a una sábana. Es una noción bidimensional, que tiene área pero no volumen. Ahora bien esta superficie, que puede ser cerrada y suave como el caso de la cara externa de una esfera, contiene a un montón de curvas suaves. Y ya que cada una de ellas tiene definida su curvatura, podemos definir la de la superficie a partir de las curvas que la componen. Una forma de hacerlo es elegir un punto de la superficie cualquiera, y seccionar la superficie con planos perpendiculares a su plano tangente. De esta forma la intersección de cada plano con la superficie nos da una familia de curvas, que en general tienen curvaturas distintas. Entonces nos quedamos con el valor máximo y mínimo, estos valores son conocidos como curvaturas principales, y las direcciones en que se alcanzan son conocidas como direcciones principales. (Gráfico 3)



Resulta que el producto de estos valores máximos y mínimos, nos da una nueva magnitud que se conoce como Curvatura de Gauss. En la obra Disquisitiones generales circa superficies curvas Gauss demostró lo que hoy se conoce como Teorema Egregium de Gauss. Allí muestra que la Curvatura de Gauss es una propiedad intrínseca de cada superficie y que para poder transformar una en otra es necesario que tengan la misma Curvatura. Por ejemplo consideremos un plano y un cilindro. Por el lado del plano, sus direcciones principales tienen curvatura cero, luego su producto da cero y de ahí se deduce que la curvatura de Gauss de un plano es cero. Y por el lado del cilindro, una de las direcciones principales tiene curvatura cero, por lo tanto sin importar cuanto valga la curvatura de la otra dirección principal, su producto va a ser cero. Y luego como ambas superficies tienen igual Curvatura de Gauss, se podría desarrollar el cilindro en un plano . (Gráfico 4)


Veamos ahora que sucede con la esfera y el plano. Ya sabemos que el plano tiene curvatura de Gauss igual a cero. Mientras que si miramos las direcciones principales de una esfera, vemos que las curvas definidas son circunferencias iguales. Y ya observamos antes que la curvatura de una circunferencia es constante y distinta de cero, por lo que su producto es constante y distinto de cero, por lo que la curvatura de Gauss de una esfera es constante y distinta de cero.

Y aquí al fin llegamos al fondo de la cuestión, resulta que la esfera y el plano tienen curvaturas de Gauss distintas en todos sus puntos. Y por eso no vamos a poder hacer nunca un mapa perfecto, porque simplemente la esfera y el plano son superficies esencialmente distintas y que no se puede desarrollar una en la otra.

Por lo tanto a la hora de hacer un mapa, siempre hay que tener en cuenta cual va a ser el fin del mismo y en base a eso elegir el método que menos distorsione la información relevante para dicho objetivo.



Fuente: IGN.gob.ar
Instituto Geográfico Nacional
Autor
Matías Zylbersztejn
Departamento de Cartografía de Imagen




miércoles, 17 de diciembre de 2014

Unas de cal y otras de arena.

La migración intrasudamericana ha venido seguida de políticas orientadas básicamente a la regularización y a la inclusión.
El actual fenómeno migratorio regional lo que prevalece y manda es el crecimiento entre los países latinoamericanos.
Honduras, El Salvador y Guatemala apuntan a que se garantice el principio del interés del niño y de no separación de la familia.

Se sabe que América Latina es tierra de paradojas muy complejas. Eso lleva a que en la búsqueda de describir o “entender” ciertos procesos, se caiga en enormes simplificaciones que suelen tener poco que ver con lo que realmente ocurre. Eso pasa con el tema de las migraciones y los lugares comunes al respecto. Por ejemplo, la idea de que los latinoamericanos estarán buscando siempre emigrar masivamente hacia el “mundo desarrollado”. O, alternativamente, la de que la “fuente de todos los males” sería la política migratoria de EE UU.

La realidad da cuenta de procesos multifacéticos, alejados de esas simplificaciones. Veamos dos de esas caras. Por un lado, durante los últimos diez años en buena parte de América Latina el fenómeno migratorio ha sido muy distinto del que imaginan los policías de frontera norteamericanos y europeos. Por otro lado, el hecho simultáneo de la reciente explosión migratoria de menores centroamericanos hacia México, que ha llevado a que en los últimos nueves meses cerca de 52.000 menores no acompañados hayan ingresado en EE UU sin seguir el procedimiento migratorio regular.

Primero lo primero: en el actual fenómeno migratorio regional lo que prevalece y manda —como tendencia— es el crecimiento de la migración entre los países latinoamericanos así como la disminución de los flujos hacia EE UU y Europa. Dentro de Sudamérica más de 1.700.000 personas migraron en la última década por razones laborales. Montos sin precedentes. En varios países los extranjeros residentes aumentaron exponencialmente: en Brasil más del 57% en los últimos dos años (de 961.000 a 1.510.000); en Chile, un 91% en los últimos ocho años; Argentina, por su lado, recibió en estos años a 500.000 paraguayos, 345.000 bolivianos y 157.000 peruanos. Simultáneamente, disminuía la presión sobre la frontera estadounidense. En 2000, 1,6 millones de personas fueron detenidas por la policía fronteriza estadounidense; bajó al 25% (415.000) en 2013.

Lo notable es que esa migración intrasudamericana ha venido seguida, no de xenofobia o persecuciones en los países receptores, sino de políticas orientadas básicamente a la regularización y a la inclusión. ¿Ejemplo para otros lares? Finalmente, en materia de refugiados, el país receptor del mayor número en la región —Ecuador, con más de 60.000 colombianos— cumple apropiadamente su papel en lo fundamental sin poner en marcha políticas xenófobas o de devolución en frontera ha convertido este asunto en asunto mayormente contencioso.

En el otro platillo de la balanza está la llegada de miles de menores no acompañados hacia territorio estadounidense, asunto sobre el cual se ha escrito mucho en los últimos días. Ya los tres países centroamericanos concernidos (Honduras, El Salvador y Guatemala) han anunciado algunas medidas que adoptarían y han hecho propuestas a EE UU. Ellas apuntan a que se garantice el principio del interés del niño y de no separación de la familia. Mencionan, también, la “responsabilidad compartida” de los países de tránsito y de destino.

Esta oleada de menores habría sido estimulada por las cadenas regionales de tráfico de personas que han abaratado sus costos debido a la disminución de la “demanda” dada la caída en el número de personas intentando ingresar ilegalmente a EE UU. Usaron, además, el falso rumor de que vendría luego una “amnistía migratoria” para quienes ya se encuentren en EE UU. El hecho es que las dificultades que ahora tienen las autoridades migratorias para manejar esta ola es como la cereza encima de la torta que evidencia el colapso de la política migratoria vigente.

Frente a ello y la urgencia de su reforma Obama ha sido llevado, finalmente, a tirar la toalla frente a la obcecación republicana. Es de esperar que las medidas ejecutivas que ha anunciado y los 2.000 millones de dólares que el lunes pidió al Congreso contribuyan a paliar la crisis. Mientras, la reforma seguirá pendiente.
Sin embargo, la otra pieza decisiva es la responsabilidad de los países centroamericanos en actuar sobre las causas que permiten que ocurra una estampida así. En especial, la incontrolada violencia e inseguridad en los tres países. En superarlo tiene algo que hacer la comunidad internacional, pero es tarea, esencialmente, de las autoridades nacionales. Tanto en materia de prevención como de persecución del crimen organizado y las pandillas.
Eso sin dejar de considerar, por cierto, los efectos que tienen en la generación de violencia cuestionables políticas globales —como la llamada “guerra contra las drogas”— que han puesto en el disparadero a esos países. No es casualidad que el grito de urgencia en cambiar esa política haya venido precisamente de un presidente centroamericano, el guatemalteco Pérez Molina. En la agenda, pues, hay mucho más que procedimientos migratorios y humanitarios de emergencia. Hay asuntos de fondo que tratar y resolver.
Fuente: ElPais.com

El muro andino de los lamentos.

Hay zonas grises que encierran sus propios dramas en los que afloran viejos males de xenofobia, racismo y exclusión en Sudamérica.
Salen miles de personas de Buenaventura buscando seguridad pues allí se ha impuesto el miedo y la extorsión se ha convertido en ley.

Decenas de miles de personas huyendo del crimen organizado y el pandillaje desde los países del Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras, El Salvador y Guatemala) y, a la vez, una inmensa migración laboral entre países sudamericanos. En el primer caso, tensiones y exclusión; en el segundo, políticas migratorias esencialmente orientadas a la regularización —dentro de un contexto de gran vitalidad económica— y no a la persecución o la expulsión. Ya me he referido a estas dos caras de las migraciones en la Latinoamérica actual.

Hay, sin embargo, zonas grises que encierran sus propios dramas en las que afloran viejos males de xenofobia, racismo y exclusión en Sudamérica. No todas las migraciones intrasudamericanas son laborales ni las autoridades migratorias o policiales ejemplares. Así, haitianos que pasan por Perú para buscar refugio en Brasil padecen de la corrupción policial para poder seguir su recorrido. Más al sur, un estupendo reportaje publicado hace dos semanas por el diario colombiano El Espectador describía la conducta xenófoba y racista de autoridades migratorias en Chile contra colombianos que huyen de la violencia, en especial del puerto de Buenaventura, ruta del 60% del comercio exterior colombiano.

Salen miles de personas de Buenaventura buscando seguridad pues allí se ha impuesto el miedo y "la extorsión se ha convertido en ley". Algunos se desplazan a otras ciudades colombianas y otros se suman a los más de 60.000 refugiados que ya viven en Ecuador. Los menos, emprenden un largo viaje de más de 2.800 kilómetros por tierra hasta Chile y sus puestos fronterizos de Chacalluta (con Perú) o Colchane (con Bolivia) para tratar de llegar a Antofagasta, ciudad que era boliviana antes de la Guerra del Pacífico (1879-1883). En ese entonces destino de migrantes chilenos, luego, de europeos.

En la última década, más de 10.000 colombianos se han asentado allí, no sin sufrir xenofobia por parte de autoridades fronterizas. Según ese reportaje, es sistemático el rechazo a los colombianos por las autoridades migratorias chilenas en Chacalluta. El año pasado, la mitad de los extranjeros a los que se les negó el ingreso en ese punto fronterizo eran colombianos. La entidad chilena oficial de derechos humanos —el Instituto Nacional de Derechos Humanos— afirma que eso ocurre por "situaciones de xenofobia que se presentan por parte de algunos agentes del Estado". A ello se podría añadir el hecho —no desdeñable— de que el marco legal vigente para efectos migratorios sigue siendo la Ley de Extranjería (1975) dictada por Pinochet.

El rebote a Perú desde Chacalluta, así, es un fenómeno diario. Los que aún no logran pasar a Chile o son rebotados se agrupan en una pequeña plaza de la ciudad fronteriza peruana de Tacna a la que llaman el Muro de los lamentos, en donde deambulan sin muchas opciones sobre qué hacer. Allí se condensa el drama de miles de familias.

Los países de América Latina y el Caribe no pueden permitir ni permitirse comportamientos xenófobos o racistas frente a los migrantes ni llevarlos a muros de los lamentos. La tradición del asilo tiene en la región su principal punto histórico de referencia en el mundo. Y fue también en la región en que se adoptó, hace 30 años, la definición ampliada de refugiado para incluir allí a quienes huyen de situaciones de violencia generalizada y no sólo a los perseguidos políticos.

Se acaban de reafirmar y desarrollar estos principios fundamentales en la reunión ministerial en Brasilia esta misma semana (2 y 3 de diciembre) en decisión unánime de todos los países de la región convocada por ACNUR, la oficina de Naciones Unidas para los refugiados. No debería quedar espacio para la xenofobia, el racismo, la exclusión o la corrupción en las fronteras frente a quienes huyen de la violencia. El Plan de Acción de Brasilia, al que se ha llegado luego de un largo proceso de consultas, convoca, por el contrario, a la inclusión, la tolerancia y la plena vigencia del derecho internacional de los refugiados. Eso es lo que debe prevalecer.

Fuente: ElPais.com

jueves, 11 de diciembre de 2014

Sin la selva amazónica, se acabó la lluvia en Buenos Aires.

La Amazonía es uno de los factores fundamentales que regula el clima de la región y está gravemente amenazada por actividades humanas.
La selva amazónica es tan grande que si juntáramos los 28 países que hacen parte de la Unión Europea solo abarcarían el 64% del territorio.
Solo en Brasil talaron 2.000 árboles por minuto durante 40 años.
Están presentes unas 350 comunidades indígenas, de las cuales cerca de 60 viven en aislamiento voluntario, buscando huir de las amenazas hace siglos.
Podemos construir un modelo de desarrollo que entienda a la conservación como una oportunidad y no como un obstáculo.

Si le contaran a un porteño que ya no llueve tanto en Buenos Aires por la deforestación en la Amazonía, diría que tal afirmación es una locura. Se sorprendería al enterarse de que el 19% de la lluvia que cae anualmente en la cuenca de la Plata, tiene su origen en la humedad que genera la selva amazónica y la expulsa hacia el sur. La situación es tan increíble como alarmante: la Amazonía es uno de los factores fundamentales que regula el clima de la región y está gravemente amenazada por actividades humanas.

Imaginarse 50 millones de años es casi imposible. Es pensar que se repite 1.000 veces la historia de la humanidad en el planeta. Ese fue el tiempo que tardó la Amazonía en formarse. Sin embargo, en tan solo medio siglo se deforestó casi el 20% (probablemente mucho más de un millón de kilómetros cuadrados de selva, afectando también ríos y otros ecosistemas).

Esta cifra es devastadora. Para que sea más sencillo visualizarla, piensen que solo en Brasil talaron 2.000 árboles por minuto durante 40 años. O gráficamente, como lo explicaría el científico Antonio Donato Nobre, que ese terreno deforestado equivale a una carretera de 2 kilómetros de ancho construida desde la tierra hasta la luna. Pero esto también puede ser difícil de dimensionar. El problema de la inmensidad de la Amazonía es que creemos que es inagotable. Y no lo es. Infelizmente.

La selva amazónica con sus ríos y diversidad, es tan grande que si juntáramos los 28 países que hacen parte de la Unión Europea solo abarcarían el 64% del territorio amazónico que es de 6,7 millones de kilómetros cuadrados. Ese conjunto de ecosistemas mega diverso, dominado por bosques, recorre 9 países y en él viven más de 33 millones de personas. Están presentes unas 350 comunidades indígenas, de las cuales cerca de 60 viven en aislamiento voluntario, buscando huir de las amenazas hace siglos.

La Amazonía alberga probablemente más del 10% de la biodiversidad conocida por el hombre y libera al mar casi el 15% de la producción de agua dulce del planeta. Es la fuente principal de la seguridad hídrica, alimentaria y energética y de la salud de Latinoamérica.

A pesar de esta riqueza, enfrenta grandes presiones: carreteras, ganadería, especulación inmobiliaria y ocupación ilegal, presas para hidroelectricidad, cultivos de soja, de palma, minería, explotación petrolera, tráfico de madera y contaminación, solo por nombrar algunas. Y para rematar: cambio climático, el mayor desafío ambiental de nuestra historia que intensifica las consecuencias de las demás presiones.

Para el beneficio mundial, conservar el Amazonas puede ser un as bajo la manga para reducir el calentamiento de la Tierra y más aún, para enfrentar los impactos en América del Sur. Es la región natural ideal para evitar o reducir emisiones de carbono más rápidamente y con más beneficios para el mundo, y para hacer que los cambios climáticos extremos sean más fáciles de soportar, sobretodo en Sudamérica. Gracias a su tamaño, su estructura ecológica y su ubicación geográfica entre el ecuador, la cordillera de los Andes y el océano Atlántico, cumple una función reguladora del clima. Es una fábrica de producción hídrica: bombea unos 20.000 millones de toneladas de agua al día, la mejor receta para enfrentar la sequía.

Pero si la selva se sigue degradando y la seguimos deforestando, aumentarán las emisiones (al talar un árbol se libera el carbono que capturó durante su vida) y no habrá como hacerle contrapeso a las sequías y otros eventos climáticos más intensos que se pronostican con el calentamiento global.

La combinación será devastadora y las consecuencias no solo las enfrentaran los países amazónicos sino toda la región. No solo se debe tener en cuenta cuánto se deforesta anualmente sino la deforestación agregada a lo largo de los años y los lugares en los que la selva está tan degradada que ya no cumple con sus funciones naturales. Como la Amazonía funciona como una región ecológicamente integrada, entre bosques, ríos y atmosfera, su degradación puede degenerar los procesos ecológicos y ella puede, no solo dejar de ser beneficiosa al clima continental y global, sino empezar a ser un problema. No lloverá como antaño la cuenca de la Plata.

Pero estamos a tiempo de poner el freno de mano y cambiar de rumbo. Podemos construir un modelo de desarrollo que entienda a la conservación como una oportunidad y no como un obstáculo. Necesitamos que los países entiendan que las selvas y los ríos amazónicos tienen una relación directa con la seguridad climática.

Durante estas dos semanas el viento puede estar a favor del complejo de selvas y ríos más importante del mundo. O mejor dicho, a favor de la humanidad, que depende de ella, de sus servicios, de sus beneficios. Este año se celebra por primera vez la Cumbre de Cambio Climático de las Naciones Unidas en un país amazónico. Y aunque las negociaciones del clima siguen su rumbo independientemente de donde se lleven a cabo, sí es el momento ideal para posicionar la agenda amazónica en las negociaciones del clima. Es el momento para que los nueve países que comparten este ecosistema demuestren liderazgo e integración.

Perú, anfitrión de la cumbre, se comprometió a cero deforestación para el 2021. Colombia se comprometió a cero deforestación neta en la Amazonia para 2020. Brasil, se comprometió en reducir su tasa de deforestación en un 80% y va en buen camino. Guyana tiene el objetivo de mantener su desforestación en nivel muy bajo. Hay importantes programas en Bolivia, Ecuador y otros.

Son compromisos importantes de conservación y protección de las comunidades locales que viven en la Amazonía con y de su diversidad cultural y su manantial de conocimientos. Pero también son compromisos con implicaciones climáticas importantes ya que, según el IPCC, el panel de científicos que asesora a la ONU, 24% de las emisiones globales vienen del sector forestal, agrícola y otros usos del suelo. La mitad de este porcentaje se debe a la deforestación y la degradación de los bosques.

Pero aún hay muchas tuercas por ajustar. Empezando por los 25 frentes de deforestación que existen en la actualidad en la Amazonía, distribuidos en varios países. A pesar de que el mundo ha visto el esfuerzo enorme de los países latinoamericanos para reducir la deforestación de la Amazonía y en consecuencia las emisiones del sector forestal, la tala del bosque amazónico sigue siendo enorme.

Para sobrepasar esa situación se necesita fortalecer la gobernanza pan-amazónica, respetar losderechos de sus pueblos y comunidades, y articular y fortalecer las políticas de los nueve países que atraviesan sus selvas y ríos. Es vital contar con compromisos más ambiciosos (como la cero desforestación neta en 2020 para toda la Amazonía) y más fuertes (con decisiones centrales e integradas de cada uno los gobiernos) de los países amazónicos. Finalmente, se necesita el reconocimiento y apoyo financiero de otros países y del sector privado.
No solo se trata de salvar el planeta o a las 427 especies de mamíferos, 1.300 de aves, 378 de reptiles, 400 de anfibios y 3.000 de peces que habitan en la Amazonía. También se trata de garantizar la seguridad hídrica, energética, alimentaria, de salud y sobre todo, climática. Es un tema económico y de calidad de vida de nuestras sociedades.
Necesitamos de los bosques: usted y yo. Pero también el petrolero, el estudiante, la madre, el minero, el empresario, el carpintero, el médico y el panadero. Todos. Entonces ¿por qué seguimos conduciendo un planeta con los ojos vendados?
Hoy miles de funcionarios de casi 200 países negocian un nuevo acuerdo para ponerle el freno al cambio climático y para lograrlo necesitan voluntad política. Para conservar la Amazonía, se necesita lo mismo. En sus manos está la lluvia en Buenos Aires. Y la salud del continente y del mundo.

Fuente: ElPais.com
Cláudio Maretti, líder de la Iniciativa Amazonía Viva, Red WWF